Una tarde de primavera.
- starbacksmovidas
- 28 abr
- 9 min de lectura
Marta
había salido a dar una vuelta por un sendero que, aun en los dos años que llevaba viviendo en el pueblo, no había podido recorrer. Hacía poco que había conseguido cambiar por fin el turno de tarde por el de mañana, y eso le dejaba más tiempo para desarrollar actividades al aire libre sin estar mirando todo el rato el reloj. Era una tarde cálida de principios de abril y, después de haberse tomado un café y haber dejado a su pareja viendo una serie muy aburrida, se había decidido a salir a dar una vuelta.
Recientemente había adquirido una app de audiolibros y se había bajado un par gratuitos y, por ende, libros no muy famosos a los que estaba dispuesta a dar una oportunidad mientras caminaba. El sendero era fácil, cómodo, sin muchas subidas ni bajadas, el típico que se haría bien en bici. Se compraría una en el futuro, pensó.
Eligió un audiolibro. El título era Una tarde de verano, de Inoue Rie, y parecía que iba a ser el típico libro costumbrista japonés que contaría la vida de una pareja en un pueblo, ideal para aquella caminata. Inició el audio:
“Ella iba caminando por un sendero desconocido del cual no había podido deleitarse, pese a que hacía un par de años que se habían mudado ella y su pareja a un pequeño pueblo de la prefectura de Hokkaido...”.
Qué casualidad, pensó, y sonrió, diciéndose para sus adentros que siempre era una maravilla cuando se encontraba el libro ideal para cada momento. Aunque le sorprendió la coincidencia y que el libro empezara sin capítulos ni presentación, decidió no sacar el móvil del bolsillo de la sudadera. No quería distraerse mirando la pantalla y siguió escuchando:
“...el paisaje estaba muy verde. Aquel año había sido particularmente lluvioso y eso había hecho que no hubieran podido salir mucho de casa, pero en aquella época del año se agradecía un invierno tan húmedo. El paisaje era como el de un cuento. Pese a que el pueblo era llano y no destacaba precisamente por sus rutas de senderismo, siempre era agradable poder pasear por sitios así. Llevaba un rato caminando cuando se cruzó con un naranjo en flor. Qué raro, un naranjo aquí, tan solitario, y qué bonito era. Apuntó mentalmente volver en el futuro para probar alguno de sus frutos. Más adelante se encontraría un puente colgante que llevaba a un sendero que serpenteaba el pueblo y daba a una cuesta muy abrupta que terminaba en el mirador y en el pequeño templo que había en el pueblo. Se acercó y vio que el puente había sido vallado con una cuerda para que no se usara. Las lluvias de ese año lo habrían jodido y parecía ser que no era muy seguro usarlo. Una lástima, era un atajo bastante cómodo. El sendero se desviaba bastante ya del índice del pueblo y tiraba más hacia el monte. Había una pequeña cuesta que se adentraba más en uno de los pequeños bosques que rodeaban el pueblo. Tenía tiempo para continuar...”.
Marta pausó el audio. Hasta ese momento había estado entusiasmada con la pequeña casualidad del paseo. Ella no había visto un naranjo en el camino, pero sí un par de manzanos en flor que le habían llamado igualmente la atención, como en el audio. Pero eso no era lo que le había dejado con una sensación de inquietud, y casi de terror, diría, sino el hecho de que había llegado a un puente similar al que había descrito: un puente colgante algo maltrecho, al que le faltaban varias maderas, vallado por las recientes lluvias con un cartel de advertencia de prohibido el paso, y que se encontraba cerca un camino que terminaba en la puerta trasera de la pequeña ermita , en los inicios del pueblo.
Nunca le había pasado nada igual. Era bastante escéptica en lo paranormal, así que, llevada por una total perplejidad, siguió su camino en silencio, con un barullo de pensamientos. Su mente lógica solo decía que era una maravillosa casualidad, que seguramente habría un pueblo hermanado con el suyo en Japón o que serían similares. Se emocionó con la idea de semejante coincidencia. Al rato de estar caminando ensimismada, decidió reiniciar el audio, llevada por una gran curiosidad por comprobar cuán similares podrían llegar a ser ambos paseos.
“...el sendero estaba indicado como una ruta senderista de 2 km, apenas 40 minutos, de baja intensidad, la cual llevaría a un pequeño manantial...”.
Otra casualidad. Cuando estaba absorta en sus pensamientos, había continuado por una pequeña ruta senderista de 3,5 km que llevaba a una fuente. Aunque los acontecimientos no fueran exactos, le resultaba imposible asimilar una coincidencia tan asombrosa y casi tan precisa. Decidió pararse a descansar en una roca y dejar que el audio siguiera. ¿Seguirían las casualidades?
“...cuando llevaba al menos 25 minutos, el camino empezó a oscurecerse debido a los frondosos árboles que lo iban tapando, se paró. Ese momento que estaba resultando idílico fue roto por un ruido. ¿Un oso, quizás? ¿Un jabalí? Se paró a escuchar más, hasta que se dió cuenta, cerca, apenas a diez metros de distancia, no fue un animal lo que vio, al menos no en el sentido más estricto de la palabra. ¡Había un hombre mirándola detrás de un árbol!, con parte de los pantalones bajados y frotando lentamente sus partes. ¡Mierda! No era la primera vez que había presenciado algo así. Lamentable, sabía en qué sociedad vivía, pero siempre había sido en ciudad; nunca había tenido que presenciarlo cuando estaba totalmente sola en un camino alejado de cualquier ayuda posible...”.
Marta se sobresalto. Hasta ahora, todas las casualidades habían sido similares: el puente, el sendero que se metía en el bosque... En su sendero no había árboles tan frondosos, pero sí lo suficiente como para dar algo de sombra, y ella antes de pararse ya llevaba también un rato de camino hacia la fuente...
“...dio la vuelta y siguió a paso veloz. Cuando llegó a la pequeña curva que se había encontrado unos pasos antes, empezó a correr. Estaba demasiado nerviosa como para poder mantener el aliento a esa marcha durante mucho más tiempo y decidió pararse a retomar el aire justo cuando llegó al puente. Pensó en atravesarlo, pero al poner el pie se movió estrepitosamente. Parte de la barandilla derecha estaba deshecha y podía ser bastante arriesgado pasar por ahí. Por otra parte, no veía que aquel hombre la estuviera persiguiendo, así que decidió seguir avanzando por el camino de vuelta a casa, a veces con paso veloz y a veces trotando todo lo que su desentrenado cuerpo le permitía. El camino de vuelta le estaba pareciendo larguísimo. ¿Tanto había paseado? El naranjo lo había dejado atrás haría como cinco minutos, pero aún no veía el inicio del camino. En ese momento, cuando había parado a respirar, lo escuchó: un arrastre de piedras cayendose y de unos pies bajando por la pequeña colina que bordeaba el camino. Él había cogido un atajo...”.
Instintivamente apagó el audio. Su corazón iba a mil. Hasta entonces todo había sido una coincidencia bonita, pero aquello parecía más bien un aviso. Se incorporó de un salto y se quitó los auriculares. Echó un vistazo amplio al camino. Ningún ruido, nada raro. Quizá hasta ahí terminaran las coincidencias o quizá... tal vez se encontraba más atrás de lo que la protagonista del libro estaba. Igualmente decidió retroceder y volverse a casa. Echó a andar a paso ligero, mirando cada dos por tres a los alrededores e intentando estar pendiente a cualquier sonido.
Ya veía el inicio de la ruta de senderismo, cada vez más cerca. A partir de ahí, la zona era una pequeña colina colindante a un barranco. Abajo había un río que, aunque no fuera muy caudaloso, era lo bastante poco profundo como para que una caída pudiera costarte la vida. El atacante del libro había bajado por la colina. ¿Se podría bajar desde la suya? Había bastantes árboles, pero lo veía bastante plausible aunque no hubiera un camino como tal. Pero no escuchaba nada y quizá se estaba emparanoiando demasiado. Lo sobrenatural no existía. Era un simple libro que había iniciado en un paseo casual, precisamente cuando ella también estaba paseando. Si lo hubiera escuchado camino de la tienda a su casa, no le habría provocado el mismo efecto. Debía calmarse. No se escuchaba nada y no había pinta de que nadie estuviera observándola desde la distancia. Igualmente no aminoró el paso.
Clack ... clack.
¿Eso había sido un pájaro? No lo parecía. Más bien una caida de una piedra, ¿provocada por alguien?. ¿Habría alguien entonces allí, como le había anticipado el audiolibro? Escudriño la zona. Nada. ¿Paranoia, quizás? Decidió echar a correr. Era un plan, si hubiera alguien detrás y decidiera seguirla, se escucharía más; si no, al menos llegaría antes a casa. Y de repente vio el puente. Paró y escuchó. Nada. Por un momento. Después, otro ruido de desprendimiento. A ver, estaba en el monte, que hubiera rocas que cayeran o sonidos así era frecuente. Podía ser un conejo, un jabalí... un jabalí, como lo que pensó la víctima en el libro.
Se asomó al puente. Sí que había algunas cuerdas rotas y más de una madera caída, pero el puente se sujetaba por dos grandes anillas de metal; por tanto,y la barandilla de su puente no estaba rota como en el audio. Y era un puente corto, apenas unos metros, y no parecía tan inestable... Seguramente estaría vallado por la madera caída, pero no sería tan peligroso pasar, o eso esperaba. No quería ser la vecina que, frente a toda advertencia, cruzó y se precipitó al río dejándose el cuello en ello, pero tampoco quería convertirse en la protagonista de un capítulo de su podcast de true crime favorito. Otra piedra cayó. Empezaba a entrar en pánico ¿Los manzanos quedaban a cuánto, cinco, diez minutos más allá? Pero fue entonces cuando la chica fue interceptada no puedo evitar pensar... ¿Puente o seguir toda la ruta y seguir por el camino? El puente.
Empezó su andada, esta vez lenta, pero cada paso que daba sobre el puente hacía crujir la madera. Muchos de los tablones estaban húmedos y parecía que podrían romperse al mínimo peso. Llegó a la parte más rota y se aferró tanto a la barandilla que sus manos quedaron doloridas. Estaba sintiendo bajo sus pies el vaivén inestable del puente y se estaba arrepintiendo de haber tomado aquella decisión por un audio que, a todas luces, no era una predicción de nada, sino solamente un libro. Miró detrás de ella porque, igualmente, el miedo dejado por las continuas coincidencias entre su paseo y el paseo de la protagonista del libro le repetía que la posibilidad de que hubiera alguien detrás no era mucho más inverosímil que el paseo lo hubiera estado narrando su móvil.
Cruzó conteniendo la respiración, atrapada entre el terror a caer y la duda de si su perseguidor existía o solo estaba naciendo en su cabeza, hasta que por fin alcanzó el otro extremo con las piernas temblando. Miró atrás. ¿Eso era alguien? En la pequeña colina, entre los árboles, le parecía ver a alguien, o quizá eran simplemente imaginaciones suyas siendo presa del miedo. ¿Seguía estando sola? Sola. Eso era lo que le estaba empezando a dar miedo mas miedo, aun no estaba del todo a salvo.
Así que decidió recorrer el último tramo del camino hasta llegar a la parte alta del pueblo a paso agigantados. El sendero daba justo a la parte de atrás de la ermita, donde había una pequeña fuente y un mirador. Y sintió alivio al ver que había un par de abuelos que vivían por su zona y que tenian pinta de estar volviendose tambien a casa. Los saludo y los adelantó camino a su casa, bien ya no estaba sola, si le pasaba algo habria testigos. Ya entrada en el pueblo ya había gente en los bares o paseando .Ya estaba fuera de peligro.
¿Cómo le contaría eso a su pareja? ¿Le creería? Así que, cuando llegó agotada por la adrenalina gastada, directamente empezó pidiéndole que escuchara el audiolibro.
...
“Una tarde de verano, de Inoue Rie, traducción de Irene Caballero, narrado por Rocio Suelles. Capítulo 1. Tanako se había acostumbrado al temblor incesante de la ciudad, a las luces que nunca descansaban y a los días que parecían correr por su cuenta. Le desconcertó encontrar un lugar donde el tiempo no empujaba, sino que acompañaba...”.
Espera. Ese no era el libro que había escuchado, y así se lo comentó a su pareja de manera efusiva, mientras él la miraba expectante por la forma en la que había irrumpido en su maratón de series. Sin saber qué decir, empezó a agobiarse. ¿Y si lo vivido había sido una paranoia? ¿Y si le había dado un brote psicótico? ¿Y si de repente descubría que tenía algún tipo de esquizofrenia?
Marta no quiso seguir con esos pensamientos, que solo la llevarían a una ansiedad rumiante, así que decidió simplemente sentarse delante de su ordenador y contar lo ocurrido en forma de relato. Al menos, que su locura sirviera para algo.
...
Varios días después estaban sentados en una terraza esperando a unos amigos cuando su novio soltó una exclamación y le enseñó una noticia que había aparecido en las redes sociales del pueblo:
“El puente llamado coloquialmente el Don Benito, que desde hacia unos meses se encontraba en malas condiciones y el cual estaba vallado por el ayuntamiento a la espera de finaciacion para su rehabilitación, se ha terminado de quebrar. El aviso lo dio un vecino que, cuando pasó por la zona, vio el puente descolgado. “Tenía muchas tablas rotas. El ayuntamiento debería investigar la zona por si ha habido algún accidente, por si algún viandante, haciendo caso omiso a las indicaciones, hubiera atajado por ahí...”. E.E. ha dado su voz de preocupación, ya que estos días han sido buenos y dos días antes el puente se encontraba en un mejor estado...”.
… Es como si alguien hubiera pasado por ahí de manera apresurada, terminó de leer Marta, y su mente volvió a recopilar todas las posibilidades de aquella tarde de paseo.

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